TIERRA DE GRACIA: Morada de Dioses


Cuenta la leyenda indígena que…

al principio toda la tierra estaba desolada. Para los primeros habitantes, el agua les era proporcionada por unas hormigas en sus mandíbulas y la comida era traída por un espíritu bondadoso llamado Demodene. Tanto el agua como la comida venían directo desde el mismísimo cielo. Y así transcurrían los días hasta que un espíritu maligno apareció y espantó a las hormigas y a Demodene, e hizo la vida precaria.

Ante esta situación, uno de aquellos habitantes llamado Kush confesó conocer el camino al cielo por donde Demodene transitaba para conseguir alimentos. Comenzó a trepar un árbol cuya copa se perdía en las nubes hasta que llegó al cielo. Era el paraíso y había de todo, incluso el árbol madre proveedor de todos los frutos. Él se trepó a este y saboreaba sus manjares cuando molestó un nido de avispas. El zumbido de los insectos alertó a Lemankave, dueña y señora de aquellos predios celestiales, quién entró en cólera por la intromisión. El castigo para Kush fue despellejarlo y dejarlo colgando de aquel árbol.

Ese trágico panorama conmovió a la hija e Lemankave y rogó a su madre la liberación del pobre hombre, pues él había hecho eso precisamente por la situación penosa que pasaba él en su tierra. La señora aceptó y liberó a Kush, quién no tardó en regresar a su tierra con las manos vacías. O al menos aparentemente.

Resulta que debajo de una uña llevó consigo una astilla de aquel árbol madre. Kush clavó la astilla en la tierra y al día siguiente se transformó en un inmenso árbol que proporcionaba todos los frutos imaginables. Con el tiempo, ese árbol se fosilizó y se transformó en el Roraima. Pero el Roraima quedaba muy lejos de la comunidad, así que una mujer pidió a Kush una estaca de ésta y en su regreso, mientras descansaba, la clavó en la tierra y surgió otro gran árbol que también con el tiempo se fosilizó y formó el Auyantepuy, desde donde brote el Salto Ángel el mas alto del mundo.

Para el pueblo pemón o kamaracoto, indígenas ancestrales que habitan el sureste de Venezuela, fue más o menos así cómo se formaron los tepuyes, los cuales son esas mesetas emblemáticas, en el territorio de los pemones, de paredes verticales y cimas muy planas que se alzan hasta casi 3000 metros sobre el nivel del mar. Según estos indígenas, las cimas de los tepuyes son la morada de los dioses.